Iberia Express vs. Iryo: Cuando el material sabotea el diseño de servicios

Hay mejoras que son invisibles hasta que un día ocurren, y a partir de ese momento ya no concibes el mundo sin ellas. Es lo que pasó con las ruedas en las maletas, nadie sabía que las necesitaba hasta que aparecieron. Primero fueron dos, luego cuatro que giraban en todas direcciones, después las dobles para soportar más peso, y ahora hasta se desmontan para encajar en las medidas absurdamente milimétricas de algunas aerolíneas low cost. El diseño se adapta porque la realidad obliga a hacerlo.

En un vuelo reciente presencié cómo a una tripulante de cabina se le desestabilizó la bandeja al retirársela a un pasajero. Al no tener un agarre adecuado para la vajilla, los platos con los restos de comida terminaron cayendo encima del pasajero que estaba en primera fila. El enfado del hombre era notable, y aunque le faltó empatía con la trabajadora, a nadie le agrada que le vuelquen la cena encima en pleno vuelo. La culpa no fue de la tripulante, fue de un objeto diseñado sin tener en cuenta las condiciones reales de su uso.

No fue hasta otro viaje, cuando me sirvieron carne, que entendí el origen exacto del problema. La bandeja de Iberia Express se aprovecha al milímetro, pero está llena de cuencos pequeños y altos. Entiendo que, por motivos de seguridad aérea, los cuchillos apenas cortan, por lo que, para partir la carne en un plato reducido y con paredes altas, estás obligada a aplicar más fuerza de la normal y a modificar el ángulo de «ataque» de tus brazos en un espacio donde no puedes acercar el sillón.

Bandeja con comida de un vuelo de Iberia Express
Imagen de otro vuelo en Iberia Express

Al intentar cortar, toda la bandeja empezó a desplazarse sobre la mesa plegable. Ahí até cabos y me acordé de la tripulante de cabina. Iberia Express tiene dos problemas de diseño en una misma pieza: la base resbala sobre la mesa del asiento, y la vajilla resbala dentro de la propia bandeja.

Lo curioso es que, buscando sobre este asunto para escribir el caso, encontré un vídeo en redes sociales de una creadora enseñando precisamente un menú similar del mismo trayecto entre Madrid y Canarias. Ella estaba analizando la comida, no el diseño de la bandeja, pero aun así el problema aparecía solo. En el momento de cortar la carne, la bandeja volvía a desplazarse sobre la mesa exactamente igual a cómo lo experimenté yo. Sin darse cuenta, había documentado el mismo fallo. Y ahí es donde las microfricciones dejan de ser simples molestias para convertirse en señales de algo mayor, son pequeños problemas de diseño que, si nadie corrige a tiempo, terminan generando incidencias reales.

Vídeo de creadora de contenidos en TikTok (pincha aquí para verlo).

Vídeo de creadora de contenidos en Instagram (pincha aquí para verlo)

Si tomamos como ejemplo a Iryo, el enfoque cambia. Sus bandejas son más amplias y los platos son de cerámica, lo que aporta peso propio. Pero la verdadera clave estratégica está en la textura, la superficie interna donde se coloca la vajilla es completamente antiadherente. Los vasos y platos no se mueven de su sitio a pesar del traqueteo del tren.

Entiendo que en un avión low cost minimizar el peso y el volumen es la prioridad absoluta para ahorrar combustible y optimizar espacio. Evidentemente, no van a poner platos de cerámica, pero el agarre es una cuestión de material y texturas, no de peso y volumen. Comparo Iryo (Madrid-Barcelona) porque es lo más parecido en servicio y trayecto a un Iberia Express Madrid-Canarias.

Iberia Express podría solucionar la fricción con la mesa del asiento introduciendo un simple tapete o mantel individual antiadherente entre ambas superficies, aunque, sobre todo, necesita solucionar el agarre interno de la vajilla, que fue lo que provocó el accidente en el pasillo. Darle una pequeña vuelta a los materiales para que dejen de ser resbaladizos no añade peso a la aeronave, pero transforma radicalmente la seguridad de su personal y la comodidad del pasajero.

Al final, lo curioso es que yo detecté el fallo en Iberia sin estar pensando en nada, simplemente porque algo no encajaba en mis manos. Y mi hermana, que viaja constantemente en Iryo, llevaba tiempo disfrutando de una bandeja que no se movía, de un servicio que fluía, de un gesto tan simple como colocar primero la taza para que el café no se derrame al servirlo. Ella lo vivía como un detalle amable, como un extra de cuidado que te hace sentir que alguien ha pensado en ti. Pero no lo había conectado con nada más, porque no tenía por qué hacerlo.

Cuando le conté lo que había pasado en el avión, cuando le expliqué esa sensación de incomodidad, entonces lo vio claro. No porque no lo hubiera percibido antes, sino porque de pronto las dos experiencias se iluminaron mutuamente.

Ahí es donde se ve la diferencia entre las dos formas de habitar un espacio. El usuario siente el bienestar de forma intuitiva, nota que las cosas fluyen, que el entorno le respeta y que la experiencia es amable, aunque no se pare a analizar el porqué. Mi trabajo como diseñadora es precisamente ese, levantar la alfombra, desmontar el mecanismo y ponerle nombre al detalle. Ella había sentido el valor añadido, yo había visto el engranaje.

Entre las dos miradas apareció la evidencia de algo que estaba ahí desde el principio, que la calidad no solo se nota cuando falta, a veces se nota cuando aporta, y en este último se agradece. Y que un simple cambio de material, de textura o de intención puede transformar por completo la forma en que un pasajero vive un trayecto. No hace falta un gran discurso para entenderlo, basta con una bandeja que se queda quieta.